Irina y su familia

Actualizado: 8 mar


Había una vez, en una pequeña ciudad de Grolia, un modesto comerciante. Se dedicaba a vender ricas telas que le traían de distintos planetas, al igual que su padre antes que él. Era un hombre mayor, viudo y con un único hijo que le ayudaba en el negocio. Pero Andrew, tal era su nombre, no era como su padre, quién se había limitado a procurarse el sustento. O no, él quería más. Él quería ser como aquellos importantes nobles de la corte, que paseaban en sus carruajes viendo a todo el mundo por encima del hombro y ni siquiera se dignaban a hacer más en su negocio que enviar a sus criados.


No era un hombre demasiado agraciado, desde muy joven tenía entradas pronunciadas y unos saltones ojos café. Su lampiña cara redonda y colorada y sus dedos rechonchos contrastaban con una barriga que comenzaba a acentuarse mientras su negocio crecía, porque mientras más dinero entraba más comida servía en su mesa. Sin embargo, podía vestirse en sus ropas de comerciante, con una amplia capa y un sombrero negro y verse bastante respetable, aunque nunca confiable.


Cuando su anciano padre falleció y le dejó el negocio, él tenía 22 años, y como era astuto, decidido y ambicioso, juro hacer todo lo que estuviera en su mano para hacerse rico y subir en la escala social. Para ello, su primer paso fue contraer matrimonio con una hermosa extranjera llamada Amy. Ella tenía 19 años, la piel clara y el cabello castaño rojizo. Alta y sumamente delgada, pero con unos pechos despampanantes, atraía todas las miradas y estaba acostumbra a siempre salirse con la suya. Desde que conoció a Andrew se sintió atraída por su ambición y el vio en ella a una poderosa aliada.


A un romance vertiginoso siguió una solemne boda, financiada casi en su totalidad por el padre de la novia, mucho más rico que Andrew. Aunque pronto se hizo evidente que ambos habían hecho un buen negocio, ya que con los muchos idiomas que ella dominaba, a Andrew se le abrieron nuevas puertas en los negocios.


De ese matrimonio nacieron 1 niño y 4 niñas. Al primero, llamado Jamson, su padre lo introdujo en el negocio desde que tenía 14 años y pronto se hizo evidente que había heredado la astucia de su padre. Quería tanto como el que el negocio creciera y prosperara, pero su madre procuró con esmero pulirle los modales, de manera que encajara en las estiradas reuniones de la corte y con el cabello negro de padre y la altura y rasgos distinguidos heredados de su madre, podía tener un porte aceptable. Esto sumado a que, con su padre dedicado a las telas y la habilidad como modista de la mejor amiga de su madre, Jamson podía disimular en los bailes, teatros y operas una situación económica muchas veces precaria y una infancia de privaciones.


La siguiente hija, un año menor, se llamaba Charlotte y aunque era muy hermosa, con los cabellos rojizos de su madre y la redondez de su padre dándole un aire de inocencia, era tímida y descuidada, definitivamente no estaba hecha para ser una dama de la corte. Sin embargo, su padre logro casarla a los 16 años con el hijo de un comerciante mucho más rico que él. Esto le dio acceso a la familia a las grandes ligas del comercio y a prospectos mucho más prometedores para sus otras hijas.


La tercera hija se llamaba Rosemary y era una excelente cantante y pianista, aunque esto último lo descubrieran en casa ajena, ya que en su infancia no podían permitirse un piano propio. Para cuando cumplió 15 años su padre le regalo un piano y la presento en sociedad, causando sensación su despampanante figura y carácter extrovertido. Le encantaba que la miraran y tubo muchos pretendientes para el agrado de su padre, que finalmente la convenció de que aceptara, apenas un año después de su presentación, a un capitán del ejército. Este matrimonio permitió que la familia subiera aún más en la escala social.


Para cuando Celeste, la segunda menor, estuvo en edad casadera, la posición de la familia había mejorado muchísimo y las ambiciones de Andrew no hacían más que crecer. Ahora deseaba entrar a la aristocracia y Celeste, con su cabello negro y cuerpo de muñequita de porcelana se convirtió en su mejor apuesta. Ella era de carácter dócil y utilizando un balance exquisito de coquetería y refinamiento aprendido de su madre, no le fue demasiado difícil conquistar el corazón del hijo de uno de los nobles de la corte del Rey.


Ahora solo quedaba una hija en la casa familiar, menor que Jamson por 5 años y la favorita de su padre: Irina. Ella era una chica de 15 años, de cabellos castaño rojizo y piel blanca y suave. Sus manos eran pequeñas y su estatura promedio, marcada por un busto que apenas comenzaba a desarrollarse y una cintura delgada, debido en partes iguales a una infancia de pocos ingresos y a genética.


Pero no solo era una criatura hermosa, también era una chica sumamente inteligente. A esto último sus padres habían sacado buen provecho y en cuanto la situación económica lo permitió le contrataron una institutriz, quien la instruyo en las artes de la música, la pintura, la poesía y la cocina. Aún con esa educación (o tal vez debido a la misma) deseaba hacer algo por las personas menos afortunadas que ella, siendo consciente de las privaciones por las que habían pasado ella y su familia.


Su padre se había interesado en ella por las mismas razones que en sus otras hijas, pero, aunque Irina en general tenía un carácter tranquilo y apacible, no era alguien sencillo de doblegar. A pesar de esto último, su padre veía en ella un diamante en potencia y no iba a entregar su última y más valiosa joya a cualquiera.


Una tarde llegó una invitación a un baile a celebrarse en el Palacio Matriarcal, ya que el príncipe Victor Zenon, único hijo del Rey y heredero al trono, buscaba casarse antes de que su anciano padre muriera. Cuando Andrew leyó la invitación, que su criado le trajo al salón del té, no podía creer su buena suerte ¡su hija, la más joven y hermosa de ellas, reina de Grolia! Ni en sus más locos sueños hubiera imaginado algo así.


-¡Amy, amada mía, ya se con quien se casara Irina! Nada más y nada menos que con el futuro rey de Grolia- gritó levantándose del sofá- el baile es en una semana, debemos darnos prisa. Pronto manda traer a la mejor modista de todo el reino ¡Jamson!- exclamó de nuevo- ven de inmediato, hay que revisar las telas y elegir las que mejor le irán a tu hermana, debe lucir como la reina que se que será-


Irina intentó oponerse a los preparativos, sabiendo que sus hermanas no eran felices en matrimonios arreglados, pero ni su padre, ni su madre, ni su hermano la escucharon. Todos demasiado emocionados con la idea de verla convertida en la reina como para pensar en nada más. Después de mucho pensarlo, se dio cuenta de que sus posibilidades de ser elegida eran mínimas y que incluso si su padre se salía con la suya ella obtendría lo que siempre había deseado, una salida de esa casa y su inacabable frenesí por poder.


Así que siguió la corriente, y el día del baile tomó un largo baño antes de comenzar a alistarse. Su madre le peino el cabello rojizo en un alto chongo, con pequeños caireles bajando delicadamente al lado de sus orejas, lo que acentúo la delicadeza de sus rasgos. Luego llegó la modista y le hicieron los últimos ajustes a su vestido de baile azul oscuro, con un estampado plateado que hacía pensar en un cielo estrellado. Este tenía una amplia falda ribeteada en plata y escote de corazón, con un listón plateado decorando la línea del busto. Al cuello, su madre le prestó su propio collar de perlas y le colgó pendientes de las mismas en las orejas, convirtiéndola en una visión de la noche.


La familia entera subió al dorado carruaje que habían comprado hacía poco y el cochero inicio el camino hacia el palacio. Cuando llegaron, pudieron apreciar los amplios jardines llenos de rosas blancas y rojas, y una gran cantidad de linternas distribuidas por todas partes para la ocasión. El salón de baile era enorme y rodeado de amplios ventanales y columnas blancas, todo decorado con aún más flores. Justo el tipo de fastuoso ambiente con el que Andrew había soñado.


Cuando entraron tras ser anunciados todas las miradas se posaron en Irina. El vestido era hermoso y le sentaba a la joven de maravilla, resaltando sus mejores cualidades y despertando mil murmullos a su paso, haciéndola querer salir corriendo. Ante esto, su padre le sujeto el brazo con firmeza y le hablo al oído:


-Tranquila Iriski, cuando seas la reina todo el mundo te mirará siempre, así que vete acostumbrando y sonríe, porque no hay chica aquí esta noche que no quisiera ser tú-


Irina sonrió y siguió avanzando, más por el temor de defraudar a su padre que por ninguna otra cosa. Cuando su madre se fue a saludar a algunas conocidas y enterarse de los últimos chismes, Jamson a probar suerte con alguna jovencita casadera y su padre a asegurar que el rey viera a su hija, Irina se quedó sola y confundida. Mientras intentaba buscar algún rostro conocido sin éxito la orquesta comenzó a tocar una pieza y un apuesto joven de cabello castaño no mucho mayor que ella se le acerco.


-Buenas noches hermosa dama, no nos conocemos aún, pero me preguntaba ¿me haría el honor de bailar conmigo esta pieza? – preguntó ofreciéndole una mano enguantada.


-Por supuesto- respondió Irina con una leve reverencia ante la mirada horrorizada de su madre- el honor es todo mío-


Mientras bailaban Irina se enteró de que el joven se llamaba Eric Miol y que acababa de ser nombrado caballero. Vivía en la misma ciudad y no solía ir a ese tipo de eventos, pero su familia había sido invitada y no se rechazaba una invitación al palacio. Ella también le contó un poco sobre su vida y mientras bailaban una segunda pieza, se sintió cómoda y feliz como no lo había estado en mucho tiempo.


Cuando termino la pieza su padre fue a buscarla para llevarla al salón del trono y ella lo siguió, aunque a regañadientes. Una vez ahí se encontraron con un salón también con columnas blancas, pero en lugar de ventanales había grandes cortinas de terciopelo rojo y emblemas de la casa real colgados en las paredes como decoración. Y sobre una plataforma había dos tronos en los que se sentaban el rey y su hijo, varios años mayor que Irina.


Mientras se inclinaban y su padre se deshacía en alabanzas hacia los monarcas Irina miró disimuladamente al príncipe. Lo que decían de él era cierto, era muy apuesto con ese cabello rubio y ojos verdes y aún sentado se veía que era alto y de complexión atlética. Sin embargo, algo en su rostro no le gustó para nada. Irina era muy buena leyendo a la gente y en los ojos del príncipe había prepotencia e incluso crueldad, combinados con la certeza de quién sabe qué puede hacer y tener cualquier cosa que desee.


Para su mala suerte tanto el rey como el príncipe la encontraron muy hermosa y este último, digna de bailar una pieza con él. Avanzaron juntos hacia el salón de baile y después de una reverencia por parte de ella, comenzaron a bailar. Mientras lo hacían ella no dejaba de buscar con la mirada a su anterior compañero, mucho más agradable. No obstante, esto despertó el interés del príncipe porque ¿Qué mujer no muere por casarse con el heredero al trono?


Comenzó a mirar más allá de su belleza y se dio cuenta de que esa chica, a pesar de ser muy joven, era un reto. Alguien que no se doblegaría ante el tan fácilmente y para alguien que nunca había tenido que pelear por nada, era irresistible. No deseaba su corazón, era demasiado practico para ello, simplemente deseaba hacerla suya, para probarse, aunque fuera a sí mismo, que podía.


Irina por su parte no veía la hora en que esa pieza se terminara y vio a Eric meter disimuladamente una nota en una de las macetas de flores, mientras se llevaba un dedo a los labios con una sonrisa, antes de desaparecer. Cuando se acercará más tarde encontraría en esas flores una dirección con una invitación a escribirle si lo deseaba.


Esa noche, la mano de Irina fue prometida al príncipe, pero ella ya había entregado su corazón a alguien más.




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