La hija de los curanderos

Actualizado: 19 ago 2020


Al otro lado del bosque en que la familia de Abraham e Isabel se escondía, había un camino de tierra. Este camino llevaba hasta la capital y conectaba todos los pequeños poblados y grandes feudos a ella. Sin embargo, muchas veces estaba vacío y podías pasar varios días recorriéndolo sin toparte con más viajeros.


Pero en ese momento, una carreta tirada por un par de burros lo recorría tranquilamente. Era una carreta grande y pesada, llena de bultos y con un gran trozo de cuero atado arriba para proteger a sus ocupantes de las inclemencias del clima. Sentado en el pescate había un hombre adulto, con una tupida barba y un sombrero en la cabeza para protegerse del sol. Vestía una túnica marrón oscuro y botas de cuero viejo, y se dedicaba a mantener a los burros en el camino.


Dentro de la carreta, una mujer y su hija cosían y charlaban. La madre tenía el cabello oscuro y las manos fuertes, era baja y risueña y estaba remendando una blusa mientras explicaba a su hija la forma de usar algunas de las plantas secas que colgaban del techo del carro. Al igual que su esposo, que conducía la carreta, era curandera, además de una experta comadrona.


Por su parte, Alice había heredado el cabello anaranjado de su padre y las fuertes manos de su madre. Le encantaba viajar con ambos de pueblo en pueblo, y asistirlos en las curaciones que hacían. Cuando era muy pequeña, había vivido en la ciudad con su madre, pero desde hacía más de 6 años, ambas se habían unido a su padre en una vida nómada.


Unas horas después, llegaron a un pequeño pueblo de pastores. Alice dejó su costura y se asomo fue la carreta al lado de su padre para verlo todo. Había rebaños de ovejas pastando y casitas de madera cada vez más juntas. Con las luces del atardecer las personas iban regresando a ellas, preparándose para pasar la noche. Sin embargo, Alice solo pudo ver niños y mujeres; no se veían hombres por ningún lado.


-Aquí es- exclamó su padre distrayéndola de sus observaciones- nos quedaremos una temporada en este pueblo. Vamos, ayúdame a montar el campamento-


-Si padre- respondió ella obedientemente, bajando de la carreta y ayudando a acomodar las cosas para instalarse.


Entre los tres, montaron un pequeño campamento; extendieron una tela atada a dos postes para tener un techo al aire libre, armaron la estructura para su fogón (al día siguiente lo construirían con barro) y colocaron una mesa para mostrar sus hiervas y ungüentos medicinales para vender. Esa noche, cenaron a la luz de una fogata sus últimas reservas de carne seca y pan, ya que habían llegado muy tarde como para conseguir algo más en el pueblo.


A la mañana siguiente, para cuando Alice despertó y salió de la carreta, sus padres ya estaban preparándose para atender a las personas del pueblo. Un tablón de madera estaba puesto junto a la carreta y, sobre él, su madre colocaba manojos de hiervas medicinales y su padre comenzaba a construir el fogón.


-Buenos días dormilona- la saludo en tono risueño- ¿descansaste? –


-Sí, pero me hubieran levantado, para ayudarles- respondió ella arremangándose para ayudar a su padre.


-Queríamos dejarte descansar, el viaje fue largo- dijo su madre acercándose con una cesta- ¿Por qué no vas al pueblo a comprar comida y a correr la voz de que estamos aquí? -


-Claro madre- respondió Alice tomándola y caminando rumbo al pueblo.


Las personas se preparaban para empezar el día, sacando a sus animales y atendiendo los campos. A Alice le encantaba recorrer los pueblos en la mañana, siempre estaban llenos de gente, sonidos y olores, que, aunque eran similares, en cada lugar tenían un toque único. Cuando estuvo cerca del centro del pueblo comenzó a pregonar su cantaleta:


Llegaron los curanderos

Curanderos para sanar sus males

Dolor de pies, dolor de muelas, dolor tripa

Los curanderos se lo quitan

Vengan con los curanderos

Y reciban sus mil remedios

No importa si es niño, hombre o anciano

Los curanderos lo volverán sano

Llegaron los curanderos


Compro lo que su madre le había encargado en el mercado y para cuando volvió a la carreta, ya había una fila de clientes. De modo que corrió a dejar las compras en la carreta, se ató el cabello en un pañuelo y fue a ayudar a su madre a entregar remedios. A su lado, su padre había puesto una cortina y comenzaba a atender a sus primeros pacientes.


En unos cuantos días, se instalaron en la rutina de poner la mesa de remedios y la cortina para revisiones, y atender enfermos o heridos durante todo el día. Ahí, Alice pudo comprobar que su primera impresión no había sido errada, había muy pocos hombres en ese pueblo y los que había eran ancianos o estaban lisiados de alguna forma.


No se atrevía a preguntar porque, hasta que una mañana una mujer llevó a un niño ardiendo en fiebre. El chico no debía tener más que unos 10 años, estaba sumamente delgado y tenía el cabello rizado pegado a la frente por el sudor. El padre de Alice lo revisó y pidió a su esposa que le ayudase a revisarlo, mientras Alice hervía agua para hacer un remedio.


Mientras obedecía, no pudo evitar escuchar a sus padres hablar con la madre. Por el tono, se dio cuenta de que era una conversación seria.


-Los dioses los enviaron a ayudarnos- decía la mujer conmovida


-Solo hacemos nuestro trabajo señora- respondió su padre, que no era amigo de que le adjudicaran un deber divino.


-En serio, después de perder a mi Jeff, no habría soportado perder a otro hijo- insistió la señora.


-Lamento su perdida- añadió la madre de Alice, conciliadora- ¿Jeff también murió de una fiebre? -


-No, ojalá hubiera sido así. Entonces podría haber estado con él al final- respondió la mujer devastada- acababa de cumplir 16 años, cuando los soldados vinieron. Se llevaron a todos los chicos de su edad, necesitaban hombres para la guerra- añadió molesta- se los llevaron, aunque no quisieran ir, diciendo que era su deber servir al rey. Pero parece que no era deber de ellos devolvernos a nuestros muchachos, solo unos pocos regresaron- añadió con amargura.


Alice sintió la indignación crecer en sus venas, no era el primer pueblo en el que oía una historia similar. Esa absurda guerra, que hasta donde ella sabía no había ayudado a nadie, había costado montones de vidas. Era muy injusto.


- ¿Alice ya está el agua? - exclamó su padre sacándola de sus reflexiones.


-Si padre, ya voy- respondió rápidamente poniéndola en una vasija con algunas plantas medicinales.


Su madre entregó la vasija a la mujer con algunas instrucciones y ella se llevó al niño agradeciendo profusamente la ayuda. Sin embargo, el padre de Alice estuvo especialmente serio el resto del día, y a la noche, cuando ya solo estaban ellos tres comentó.


-No me gusta nada la fiebre del niño de la mañana. Ya van tres a los que les veo una parecida- explicó mientras removía la leña del improvisado fogón.


-Habrá que tener cuidado- dijo la madre de Alice, sirviéndoles té- las fiebres en los niños son mal asunto y cuando las pescan los adultos casi siempre son peores- añadió.


Alice no dijo nada, pero elevo una silenciosa plegaria pidiendo a los dioses que su padre estuviera equivocado. No sabía que sería la última vez que buscaría auxilio divino.


Los días que siguieron cada vez más personas se presentaron con fiebre a ver a los curanderos y pronto, además de la fiebre, comenzaron a tener ronchas oscuras por todo el cuerpo. Para ese punto, los padres de Alice improvisaron un hospital en la parroquia y comenzaron a atender al creciente número de enfermos ayudados por las dos sacerdotisas del lugar.


Sin embargo, pronto se hizo evidente que sus esfuerzos no eran suficientes. Cada día llegaban nuevos enfermos y a pesar de los remedios administrados, las personas no mejoraban. Alice y sus padres intentaron todos los tratamientos que se les ocurrieron sin lograr mayores resultados que calmar la fiebre un par de horas.


Unas semanas más tarde, comenzaron las muertes y no fueron pocas. Alice estaba en shock, no solo por ellas, sino porque cuando sugirió enviar un mensajero a la capital para pedir apoyo médico, su padre le respondió con pesar.


- ¿Cuál apoyo médico hija? Lo único que iban a hacer si se enteran por allá es venir a quemar todo para que no se extienda- le explicó con tristeza.


- ¡Pero la gente se está muriendo! - protesto Alice- primero les quitaron a sus hijos para la guerra y ahora ¿van a dejarlos morir? -


-Son campesinos cariño, gente humilde- explicó su madre tomándola de la mano- para las personas como el rey, no valen nada-


-Madre ¿te sientes bien? Estas ardiendo- dijo Alice tomándole ambas manos, que estaban muy calientes.


-Ve a recostarte cariño, iré en un momento- dijo el padre de Alice, dando por terminada la conversación.


Dos días más tarde, la madre de Alice se contaba entre los contagiados, lo cual fue un duro golpe para los tres. Alice ayudaba a su padre en todo lo que podía, pero no es que pudieran hacer mucho y con su madre enferma, el trabajo había aumentado.


Finalmente, cuando fue evidente que no se podía hacer nada por la madre de Alice, su padre decidió enviarla a la ciudad con su hermano. Fue un momento muy duro para ambos, pero a pesar de su insistencia en quedarse, su padre se mantuvo firme. La llevó al pueblo más cercano en que unos mercaderes accedieron a llevarla a la ciudad en su carro.


La despedida fue dolorosa, pero finalmente Alice subió al carro de los mercaderes. Su padre se despedía de ella agitando la mano y justo antes de perderle de vista, Alice notó que él tenía las mismas ronchas oscuras que los enfermos.


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